
El Principito caminaba tras la Osa sin decir nada, observaba. Sus pensamientos volvían a cada momento hacia su planeta, estaba preocupado por los volcanes, hacía ya tiempo que no los deshollinaba y temía que entraran en erupción. También le preocupaban las semillas que el viento hacía volar, podían posarse en su pequeño planeta y germinar, sus raíces dividirían las rocas, las separarían y el planeta podría desaparecer ¡hacía ya tanto que viajaba! Cuando quiso darse cuenta se encontró ante unos rascacielos que brillaban contra el sol del atardecer. Y se acordó de sus atardeceres, de lo fácil que le resultaba disfrutarlos, con solo mover su silla un poco. Iba a preguntar a la Osa porqué los seres humanos hacían casas tan altas, no tenía mucho sentido, salvo que buscaran el lugar desde el que ver ponerse el sol una vez tras otra, pero su amiga y guía había desaparecido de su lado, como siempre ocurría cada vez que llegaba el ocaso. Sin embargo vio la figura de un hombre sobre un pedestal, como el de la Osa pero mucho más alto, así que se dirigió hacia él para saber el por qué de aquellos edificios pues parecía el guarda o portero.