
Año 1988, en la Sucursal donde comencé un martes 16 de agosto (el lunes había sido festivo por "la virgen de agosto"), había dos personas y yo era el tercer empleado, los resultados económicos de la oficina eran buenos y habían decidido aumentar la plantilla. Interventor y Director, el cual estaba de vacaciones y le sustituía un correturnos designado para tal fin en los pueblos pequeños a fin de que nunca hubiera un solo empleado por oficina. Este hombre, de nombre de pila Juan, era un manchego afincado en la ciudad de Sevilla desde hacía muchos años, un buen hombre que me acogió con cariño y me ayudó a arreglar "los papeles" del contrato (porque en esos tiempos y allí, había que arreglar los papeles uno mismo). El otro empleado era el Interventor, un "peazo cacho" pan mojado en vino natural natural del lugar, lo suficientemente inteligente como para saber que ahí estaba su sitio y no en otro lado, lo suficientemente humilde como para ayudar a todo el mundo, lo suficientemente juerguista como para quedarse a dormir en la oficina y no irse a casa tras una noche de parranda. Y ahí estaba yo, un chico de Madrid con sus zapatitos brillantes, su pantalocito de raya marcada, camisa blanca y corbata, bien lavado y peinado, dispuesto a todo. "¿Hasta dónde te gustaría llegar en el Banco?", "¡hasta Presidente!", ¡di que sí, con un par, pisando fuerte!