Aquella mano suave, de tono oscuro y dedos aún bellos a pesar de las arrugas, tomó en su regazo la mano blanca de piel tersa, cuidada al detalle, cuyos cinco vástagos se estiraban como velas hacia la uñas pintadas con esmero. La sensación placentera de sentir el frescor de los años contra su vejez ruda, no daba lugar a equívocos. La juventud se traspasaba poro a poro, aquella visita casi diaria que se producía de forma voluntaria, traía un aire fresco al vetusto hogar.
- ¡Cuidado, que te quemas! -del textil artificial de la bata de saldo y dudosa calidad, unos pequeñas volutas de humo surgían por el efecto del sol de invierno al atravesar la ventana que conducían a la terraza. A la templanza de la mañana era agradable sentir aquél calor natural.
La joven recordó haber leído en algún sitio, que el cuerpo humano es capaz de producir una combustión espontánea desde su interior en determinadas condiciones. Eso que le pareció una fantasía, venía avalado en un artículo firmado por un científico de no recordaba que Instituto Europeo, el cual citaba casos concretos por todo el mundo, con nombres de personas y ciudades que ella jamás podría comprobar, ni tampoco sentía la necesidad de hacerlo.
Aquel viejo señor al que visitaba, ya había alcanzado la edad y la figura en la que un hombre se hace noble y caballero a pesar de su pasado por el cual nunca lo sería de otra forma, un gentil con el que se puede hablar y también escuchar, como se leería en una Enciclopedia, cosas que eran sabiduría fruto de la experiencia.
En el cuarto de baño donde cada mañana se arreglaba siguiendo una rutina que incluía un detallado y lento ritual, se miraba en el mismo espejo que colgaba desde hacía 50 años. A veces el viejo se quedaba mirando las arrugas de su frente, de su boca ahora ya de finos labios, sus entradas de pelo que eran casi calvas consolidadas. Y a veces le parecía que su rostro se iba transformando en sentido inverso al natural ciclo de la vida, recorriendo el largo camino de recuperar su forma primera hasta aquel lejano día que colgó ese mismo espejo acompañado de su esposa. Ahora aparecía milagrosamente a su lado, sonriente en el vidrio reflectante, asomada por encima de su hombro.
Fue un par de jornadas después de ocupar el piso que les había tocado en el sorteo que hizo su empresa, viviendas para empleados de las categorías más bajas. Entonces, sin arrugas y llenos de sueños, ambos sonreían al vidrio que exponía su reflejo. La cara redonda de su compañera, con sus coquetos labios, una nariz algo puntiaguda y orejas pequeñas y pegadas a la cabeza bajo la escasa melena femenina. Poco a poco llegarían de la tienda, el resto de enseres que irían comprando a plazos, gracias a la confianza de don Pedro "el ditero", un oficio hoy perdido y olvidado.
Tristemente, el proceso volvía a iniciarse cada día, desde aquella tierna juventud al momento actual. El rostro de ella desaparecía de su lado y él continuaba el viaje sólo, cincuenta años ya, quizá alguno más. Y ahora su piel agotada, arrugada pero con toques señoriales, no deseaba más que aspirar ese espíritu de juventud que cada tarde que lo visitaba, le transmitía inocente, mano a mano, aquella joven voluntaria.
@ 2026, by Santiago Navas Fernández
P.D.- Sólo la imagen está hecha con IA para que nadie se sienta retratado. El texto es original.






