martes, 18 de febrero de 2020

LA VENTANA (III)




UNA  NOCHE  DE  CHICAS


- Pues hija, no sé. De aquí no creo que sea… -le respondía Ana.

- Desde luego yo no le he dado el teléfono a nadie, ni siquiera a Personal, total, lo único por lo que lo tengo es por mi madre, para el resto ya tengo mi móvil y el de la empresa.

- Oye ¿y cuándo te lo pusieron, quién les abrió la puerta del apartamento?

- Uf, no quería decirlo, pero ¿tu te acuerdas que pedí permiso para ir al dentista porque me dolía una muela? Pues ese día fue. Lo que pasa es que para que me pusieran el teléfono fijo, no me pareció una razón suficiente cogerme un día.




- Desde luego que no ¡menos mal que ni lo dijiste! Pero eso no resuelve el problema.

- Oye ¿a ti te importaría venir a dormir un par de días a casa?

- Bueno no, pero esta noche misma no puedo. Tengo que decírselo a mis padres y coger un pijama… algunas cosillas…

- Por favor, Ana, hazlo por mi, pasamos por tu casa al salir ¡una noche de chicas! Si quieres invitamos a varias más y la liamos parda. Y luego te quedas a dormir ¿vale?

- Ay, hija, qué convincente eres ¿habrá chicos?

- No.

- Pues vaya mierda de fiesta.

- Es una fiesta de chicas.

- Pues por aquí pasa "alguno", más de lo que debía pasar… y no es para verme a mí, ¡que ya me gustaría, ya!

- Hay que ver cómo eres ¿lo dices por... ? pues no me había enterado, así que ¡cuenta, cuenta!... -y las dos amigas se echaron a reír. La jornada de trabajo se iba a convertir en demasiado larga esperando el momento de salir.

Cuando llegaron al piso, iban solas, ninguna otra quiso hacer la fiesta, pero daba igual, al menos para Clara el objetivo era otro.

- Pues mira lo que te digo, tiene toda la pinta de un acosador.

- ¡Anda! ahora no está, pero ¿tu me crees verdad?

- Claro mujer. Locos hay un montón por el mundo, la mayoría son inofensivos, mirones que están esperando a ver si te quitas la camisa o si te cambias para ponerte el pijama y ver un pezón o la silueta de unas tetas ¡unos salidos!

- Ya.

- En la oficina los hay peores ¿sabes?

- ¿Ah sí? ¡no me digas! ¿y qué hacen? Porque allí la gente no se desnuda -y su amiga se echó a reír.

- ¡Ay, Clarita! pero ¡qué inocente eres! Yo no sé si es porque vienes del pueblo o que te sale de natural ¿qué nadie se desnuda? Pues según se cuenta en la planta 12 hay una zona privada que… tu me entiendes. Ir allí y todo cambia…

- No me digas.

- Como te lo cuento. Pues menudo es don Ramón ¿todavía no te has entrado?

- Pero si está ya más en la post jubilación que otra cosa

- Pues tira unos pellizcos que no veas, el tío, y dicen que antiguamente no paraba de subir a la planta 12 en buena compañía. Tenía un redil… eran otros tiempos, hija, no te asustes. 

- No me asusto.

- Pues has puesto una cara. En fin, vamos a lo tuyo ¿y no has pensado en el conserje? A fin de cuentas, es el único que te conoce en realidad, además te ayudó con la mudanza, estuvo aquí cuando el de los teléfonos… ¡lo mismo cogió el número!

- Descartado, tiene novio.

- Ya.

En ese momento Clara miró al edificio de enfrenta. El piso estaba apagado ¿a qué esa noche no acudía nadie? Abrió el balcón y las dos amigas se pusieron a fumar. El muchacho que la saludó el primer día estaba asomado, hizo una seña. Ana la interrogó. No ese no era, no. “Una pena” respondió coqueta la amiga.

- Tengo que ir al baño.

Y Ana desapareció en el aseo. Justo entonces, la sala de enfrente se iluminó, una mano encendió la luz, era la mujer, lentamente caminó hacia su sillón. Una silueta apareció en el cristal al momento de encender la lámpara. La mujer hizo todo el ritual habitual para establecerse en su postura. Clara esperó a que sonara el teléfono, pero no fue así, sólo miraba y percibía la mirada penetrante de su vecino secreto, escondido en la penumbra, tras de los cristales. Casi creyó percibir su respiración, la misma que sentía al descolgar el teléfono las últimas noches, cada noche, mientras estaba en aquél maldito apartamento. Pensó incluso cambiarse a otro, pero la indemnización que tenía que pagar y la fianza del nuevo lugar que buscara para vivir, la hizo desistir de ni siquiera intentarlo.

Sonó la cisterna y se abrió la puerta. Clara se volvió para llamar a su amiga, para que viniera a ver el espectáculo del hombre que la espiaba. Ana se adelantó impaciente, pero cuando llegó hasta allí, los pocos pasos que le separaban de la visión del edificio de enfrente fueron suficientes para que todo desapareciera. Clara no podía creérselo. El piso estaba apagado, nada ocurría, su aspecto era como cada noche después de la llamada, como si nunca hubiera sido habitado. 

- Te juro que estaba allí Ana ¡te lo juro!

- Te creo Clara.

- Me voy a volver loca ¿estoy ya loca? ¿es la presión del trabajo, el estrés?

- Uf, espero que no, Clara. Mira, puede que no quieran delatarse y se oculten cuando aparece otra persona ¿has hablado con los vecinos?

- Pues no, la verdad. Pensé en decírselo al conserje, o incluso ir a su piso y hablar con la mujer, puede que sea un hijo raro que tenga y lo haga sin maldad…

- Podría ser, pero si no quieren que nadie más los vea, es porque algo malo se traen entre manos, no lo dudes. Si no harían como ese joven, te saludarían o intentarían contactarte.

Ana decidió hacer un experimento, se ocultaría en la habitación de arriba con la luz apagada, mientras observaba. Clara debería intentar establecer un diálogo, aunque fuera por señas con el hombre sombra, sí aparecía. Ella lo grabaría y así tendrían una prueba, por lo que pudiera ocurrir.

Así lo hicieron. Mientras Ana subía a oscuras, la escena volvió a iluminarse como si fuera un teatro que levantara el telón. Clara reaccionó, abrió el balcón y saludó con la mano en alto. La sombra hizo lo mismo, pero de repente todo se quedó a oscuras, como si siempre hubiese estado así, como si el telón hubiera bajado de golpe porque la representación estaba terminada. Para ella estuvo claro, Ana acababa de apostarse en la ventana, aunque sin ser vista, aquel hombre sombra tenía una percepción certera de todo lo que ocurría ¿quién era y qué quería?

A la mañana siguiente ambas amigas buscaron al conserje, que estaba con los cubos de basura. Le preguntaron si conocía a una mujer mayor que vivía enfrente de ella, como hacia el segundo piso más o menos, pues todas las noches se sentaba a ver televisión y hacer costura y alguien, su marido, un hijo, quien fuera, se ponía a mirarla por el ventanal. No hacía nada más, no molestaba, pero les causaba algo de inquietud que siempre que se volvía, allí estaba como un centinela, mirándola y se sentía un poco incómoda.

- ¿Dónde ha dicho?

- Pues el segundo, no se bien el portal, pero enfrente mío -el hombre dedicó un instante a pensar y repasar mentalmente cada vecino y vecina.

- Pues no sé, señorita. Una mujer mayor que viva con alguien, no, o son todos gente joven soltera o algunos en pareja, pero todos jóvenes. Y el que está más enfrente de su vivienda, que yo sepa, está vacío desde hace años.


Continuará...


@ by Santiago Navas Fernández



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