sábado, 12 de diciembre de 2020

ALBA Y EL PRINCIPITO

 





ALBA Y EL PRINCIPITO

 

– ¡Hola!

 

Alba acababa de abrir los ojos y se encontró directamente con la mirada azul y tranquila de un niño de rizos dorados, vestido de una forma extraña, con una capa que le cubría los hombros. Aunque lo más raro de todo es que estaba sentado en el borde de la cesta y no parecía tener miedo.

 

– ¿Quién eres? – le preguntó.

 

– Yo.

 

– Quiero decir ¿cómo te llamas y cómo has llegado hasta aquí?

 

El niño rubio le miró con sus ojos azules, no parecía entenderla muy bien. Así que Alba pensó que tal vez fuera un extranjero y no la comprendía.



 

– Perdona, tal vez te pregunté demasiado rápido. Yo soy Alba y estos… –miró hacia atrás, todos seguían dormidos– son mis amigos y mi hermana. ¿Cuál es tu nombre?

 

– ¿Qué es un nombre?

 

– Pues es la palabra con la que todo el mundo te llama. Tus padres, en el cole, los abuelos, …

 

– ¡Ah! ¿Qué es un cole?

 

– ¿Cómo? ¿no sabes que es un cole? ¿un colegio?

 

– No.

 

Alba no comprendía, le preguntó, claro, si de donde él venía no existía la escuela, no se estudiaba, ni había deberes, ni exámenes. Según se lo iba diciendo, el niño ponía caras muy extrañas.

 

– En mi plantea sólo tengo una rosa… bueno, y las raíces de los baobabs que hay que ir arrancando de vez en cuando, porque si no se harían grandes y lo destruirían con sus raíces ¡los baobabs dan mucho trabajo! También tengo un volcán semi-apagado que me da calorcito en invierno –siguió explicando–. A la rosa ya le conseguí una campana para que por la noche no pase frío, es muy trabajoso también, porque como mi planeta es tan pequeño, tengo que estar continuamente quitando y poniendo la campana…

 

– ¿Tu planeta? …

 

– Bueno, es un asteroide.

 

– ¿Y está muy lejos?

 

– No.

 

– ¡Ah!

 

– Por allí –señaló hacia arriba a la derecha.

 

Alba trataba de entenderlo todo, asimilarlo, estaba por despertar a Vero que con su lógica seguro que llegaba a una conclusión antes que ninguno, pero le daba miedo que, al despertarla, también lo hicieran los demás. Así de repente, encontrarse con un niño salido de la nada, sentado en el borde de la cesta, vestido con unas extrañas ropas y diciendo esas cosas ¡pufff! ¿les habría puesto algo raro el hombre de la flauta en los bocadillos o en el agua?

 

– Y ahora que estás aquí ¿quién le pone y le quita la campana a tu rosa?

 

– Mi amigo.

 

– ¿Tienes un amigo?

 

– Si.

 

– ¿Y él tiene nombre?

 

– Bueno, yo le llamo zorro, no sé si eso es exactamente un nombre.

 

– De momento vale ¿Y a ti cómo te llamo?

 

– No sé, nunca me han llamado, siempre he ido yo.

 

– ¡Claro! –quién lo iba a llamar si vivía solo en un asteroide perdido– ¿y la rosa tampoco te llama?

 

– ¿Cómo?

 

– Quiero decir que si la rosa que cuidas no te llama de ninguna forma –el pequeño abrió los ojos como dos soles y con cara de infinita sorpresa respondió:

 

– ¡Pero las rosas no hablan!

 

– Claro, claro, es verdad –respondió Alba. En su interior llamaba a Vero, pero no se atrevía a decir su nombre en voz alta– ¿Y como has venido?

 

– Volando.

 

– Eh… por supuesto, pero ¿montado en algo o es que tienes alas ocultas?

 

– Noooo, con el deseo solamente.

 

– ¿Con el deseo?

 

– Si. No pareces una niña, hay que explicártelo todo como a los adultos. Con el deseo de volar, por supuesto.

 

Caramba, pensó Alba: “es verdad que me estoy haciendo mayor, o al menos soy la mayor de la pandilla. Y no soy tan infantil como Juanito, ni tan aniñada como María, pero “adulta” no me veo yo aún. ¡Estoy hecha un lío!”

 

– Vale, lo siento. ¿Quieres un bocadillo?, aún nos quedan –dijo.

 

– No, gracias.

 

– Y dices que un zorro cuida de tu rosa.

 

– Sí.

 

– Ya ¿y acaso es que fue a tu planeta volando con el deseo o lo llamaste tú?

 

– Ni una cosa ni otra, lo llevé yo. Le encontré en un viaje, me explicó lo que era la amistad y nos hicimos amigos.

 

– ¿Y el cómo te llama?

 

– Amigo, ya te lo he dicho.

 

– ¡Ah, claro, claro!, qué tonta soy al preguntarlo –dejó pasar un momento– ¿y te puedo ayudar en algo?, o sea ¿por qué has venido hasta aquí?

 

– Estoy buscando a mi cordero.

 

– ¿Tienes también un cordero?

 

– Si. Estaba en la caja que me pintó el hombre que encontré en el desierto. Pero el zorro abrió la caja y el cordero se escapó.

 

– ¡Oh! ¿tu sabes que los zorros comen corderos? –Alba se arrepintió de haber hecho la pregunta, el pensamiento era demasiado cruel para un niño que tenía un cordero en una caja y un zorro que cuidaba de su rosa…. Puffff ¿cómo iba a contar esto?, nadie la iba a creer.

 

– No, mi zorro no come corderos porque es mi amigo y yo soy su amigo.

 

– Bien, mejor –se alegró de su respuesta– ¿y dices que un hombre en el desierto te pintó una caja con un cordero dentro?

 

– Si.

 

– ¿En qué desierto?

 

– No sé, uno muy grande.

 

– ¿El Sahara quizá?

 

– Si, creo que le oí llamarlo así ¿eso es un nombre?

 

– Exacto, y sirve para identificar a las cosas. Cada una tiene un nombre y así puedes distinguirlas entre muchas iguales.

 

– ¿Cómo mi rosa?

 

– Supongo que sí, pero me has dicho que solo tienes una.

 

– Es verdad, pero estuve en un lugar donde había muchas rosas, todas eran espléndidas y preciosas, olían muy bien, eran iguales a mi rosa.

 

– Y si tu rosa hubiera estado allí ¿cómo la hubieras distinguido?

 

– Pues no sé, no lo he pensado.

 

– Quizá por su nombre, llamándola de alguna forma, si no, se te hubiera confundido entre todas. Bueno, puede que diera igual, porque si todas las rosas eran iguales, da lo mismo una que otra ¿no?

 

– ¡Oh, no!, eso no puede ser. Mi rosa es única, es distinta, es especial, no puede confundirse con el resto –parecía enfadado.

 

– ¿Ah sí? ¿y por qué?

 

– Por que yo la he criado, yo le he quitado los bichitos que la molestaban. Por las noches dormía a su lado para darle calor y que no tuviera frío. Por el día la regaba para que se alimentara. He retirado las semillas malignas que traía el viento para que nada la agobiara y la he buscado una campana para protegerla… –parecía que iba a echarse a llorar. En cierto modo era como Juanito, pero en su caso, llamaba la atención que siempre volvía a su mundo–. Cuando tu tienes algo que quieres y lo cuidas, es parte de ti, no necesitas mirarlo cada momento, sólo con los ojos del corazón se ven las cosas verdaderamente importantes, así me enseñó mi rosa –hizo una pausa y se quedó mirando a la muchacha–. Todo el tiempo que pasé con ella es lo que la convierte en distinta a las demás.

 

Ahora parecía más alegre, así que Alba decidió cambiar un poco la conversación y volver al principio.

 

– Tengo que buscarte un nombre, para saber cómo llamarte cuando quiera hablar contigo. Si vives en un asteroide tu solo, eres el dueño, el gobernante… pero esas palabras no me gustan, están demasiado gastadas.

 

– Ajá –dijo solamente.

 

– Eres como el rey del planeta… –Alba se le quedó mirando, rey era mucho para un niño, tan rubio, con esos ojos tan azules y esas ropas tan raras, claro– ¡Eso es!, eres un príncipe, por supuesto. Te llamaré Principito ¿qué te parece?

 

– Bien. Así me llamó una vez aquel hombre del desierto, principito.

 

– Guau, qué bien. ¿Y cómo se llamaba él?

 

– Antoine.

 

– ¿Y qué más?

 

– ¿Y que más qué?

 

– ¿Y qué más se llamaba?

 

– ¿Más? ….

 

– El apellido… por el nombre parece extranjero.

 

– ¿Apellido? ¿extranjero? ¡qué raros sois los adultos! –Alba se dio cuenta de que Principito no era como el resto. Ya desvelaría el misterio de cómo había llegado hasta allí, pero ahora necesitaba ahondar más, puede que encontrara una lógica a su aparición.

 

– Verás, las personas se llaman con un nombre y luego, detrás del nombre, llevan lo que se llama apellidos, que coinciden con el primero de su padre y de su madre ¿tu no tienes padres?

 

– No sé, en mi asteroide ya te he dicho lo que hay.

 

– Vaya, ¡pues sí! Y si el tal Antoine no te dijo más de él, a ver cómo hago yo para resituarte… Sahara, Antoine, es poco. ¿Tampoco sabes lo que es ser extranjero?

 

– No.

 

– Extranjero es una persona que ha nacido en un país diferente al que estamos. Por ejemplo, ahora estamos en España, y cualquiera que haya nacido en un país distinto, es extranjero y los que hemos nacido aquí, nos llamamos españoles, pero a la vez somos extranjeros en los demás países ¿lo entiendes?

 

– No muy bien.

 

– ¿Tu dónde has nacido?

 

– No sé, supongo que en mi asteroide.

 

– ¡Claro! ¿dónde si no? ¿y no recuerdas a nadie que estuviera contigo o que te llevara allí?

 

– No.

 

– Puf, ¡qué difícil!

 

– Eso de ser extranjero ¿es aplicable a los habitantes de cualquier otro asteroide que haya en el cielo?

 

– Hum, podría ser, bien mirado, sí, lo es. Tu eres extranjero en cualquier otro asteroide o planeta y todos los demás habitantes de otros planetas y asteroides somos extranjeros en el tuyo –Alba se quedó pensando ¿resto de habitantes? ¿qué quería decir, que había más asteroides y con gente? ¡caramba, qué interesante!

 

– Entonces yo soy extranjero aquí y tu eres extranjera en mi asteroide.

 

– Correcto. Oye, una cosa ¿hay muchos asteroides habitados por ahí?

 

– Si muchos. Hay un contable, hay un rey, hay un farolero, hay un sabio…. Y luego estáis vosotros, los de los planetas grandes

 

– ¿Los has recorrido todos? –Alba no cabía en su asombro, pensó “estoy dormida, seguro” y se pellizcó muy fuerte en el brazo, pero todo seguía igual.

 

– Bueno, no sé. He recorrido muchos. Pero el más raro es este, el vuestro…

 

– La Tierra.

 

– ¿La Tierra?

 

– Se llama así.

 

Y se hizo un silencio que pareció ocuparlo todo. Principito miraba el bulto que había bajo las mantas donde dormían el resto de la pandilla. Pero nada se movía. Se levantó y fue hacia el excusado, abrió la puerta y comprobó que no había nada. 

 

– ¿Quieres agua?

 

– No, gracias.

 

¡Qué educado es!, pensó Alba, da las gracias por todo y pide las cosas por favor, a la seño Casilda le encantaría. Se desplazaba con facilidad, aunque no se le veía mover las piernas, más que caminar, era como si levitara a lo largo del suelo. El niño buscó hasta por el último rincón, pero no descubrió nada.

 

– Vaya, parece que no está mi cordero.

 

– Eso parece.

 

– Entonces tendré que irme, debo encontrarlo antes de que le pase algo grave. Es muy jovencito y debo cuidarlo.

 

– Claro –dijo Alba. ¿Y como iba a irse? Se preguntó.

 

– ¿No sabes como? –respondió como si hubiera planteado la cuestión en voz alta–, igual que he venido, llamaré a los pájaros que me han traído… mira, por allí aparecen.

 

Alba miró hacia un lado, una bandada en perfecta formación se acercaba hacia ellos. Cuando les alcanzaron les rodearon y comenzaron a piar con un bello y suave ritmo. De sus patas colgaban unos hilos de oro muy brillantes.

 

– Bueno, ya me voy.

 

– Pero ¿cómo te van a recoger?, con el volumen del globo no se pueden acercar a nosotros.

 

– No te preocupes, así he venido también.

 

Principito se subió al borde de la cesta del globo aerostático, saludó con la mano a los pájaros que dieron la vuelta y se lanzaron en picado hacia el suelo. Entonces se volvió hacia Alba y con una sonrisa perfecta, la primera que le había visto en todo el tiempo que estuvieron hablando, se despidió agitando su manita blanca. Y saltó al vacío.

 

Alba gritó asustada y se asomó con todas sus ganas a la cesta. Le vio caer y desaparecer entre las nubes, mientras un gritito ahogado y unas lágrimas se le escapaban. Pero todo ocurrió muy deprisa, apareció a lo lejos enganchado en los hilos brillantes de oro que los pájaros sujetaban mientras con sus alas en perfecta coordinación, elevaban a Principito a los cielos y se perdían en la distancia.

 

– Adiós Principito, amigo –dijo.

 


 

EL REGRESO

 

 

La primera en despertar fue Vero. 

 

– Hermanita despierta, creo que hemos vuelto –gritó.

 

Y todos fueron despertándose poco a poco. Con gran alegría observaron que se encontraban dentro de la cesta, pero que esta no se movía. Era de día y el globo estaba caído de un lado, completamente desinflado. Tal vez por el grito de Vero, a la gran cesta se asomaron varias cabezas.

 

– ¡Ah! ¿ya os habéis despertado?

 

– ¡Ya era hora, rufianes! –ese era el Sargento de la Guardia Civil.

 

Sin embargo, sonreían ¿qué había pasado?

 

– Menudo susto nos habéis hecho pasar, sobre todo a este pobre hombre, que había venido con su globo para ayudarnos a buscar a los perros y se encuentra con toda la pandilla metida en la cesta.

 

Y el tal “pobre señor” era el hombre de pelo blanco que, montado en su caballo, les había conducido mediante la música hasta el gran socavón en la paramera del pueblo. No entendían nada así que ahora vendrían las explicaciones y los castigos por haberse perdido.

 

– Ay, estos niños, pero ¡qué malísimos que son! –decía riéndose la señora Antonia, la panadera, madre de María. No comprendían que pasaba ¿no estaban enfadados los padres?

 

Pues eso parecía porque les trajeron el desayuno, que era de lujo. También apareció Aníbal con su perrita en brazos. Afuera se escuchaba ladrar a los perros.

 

– ¿Los habéis encontrado?

 

– ¿A quién?

 

– ¿A los perros?

 

– Pues claro, no se sabe cómo, pero habían salido todos del pueblo persiguiendo algo y estaban por en mitad del campo, lo que es verdad y muy curioso, es que estaban lejos.

 

– Eso habrá que mirar, a ver por qué y cómo y de dónde ¿no? –añadió el alcalde.

 

– Pero ¿no estaban metidos en una cueva en mitad del campo?

 

– Pero ¿qué decís caramba? ¿una cueva aquí? ¿dónde? Estaban cerca de la finca del extranjero –respondió.

 

Los niños estaban perplejos, cada vez comprendían menos. Así que todo pasaba por hacerse un poco los tontos e irse enterando poco a poco. Comenzó entonces una serie de preguntas y respuestas a fin de satisfacer su infinita curiosidad.

 

Resultaba que los perros sí habían desaparecido, atraídos por algo, tal vez un juego o cualquier cosa, vaya usted a saber, son perros, dijo el sargento de la Guardia Civil, no se les puede interrogar. Y algún otro que, por su ancianidad, estaba echándose una siesta escondido en algún granero viejo y ni se movió. El caso es que todo lo que organizamos valió para poco, porque al cabo de un buen rato, los canes empezaron a volver solos.

 

– Sin embargo, habíamos llamado a Antoine, el francés ….

 

– ¿Antoine? –casi gritó Alba.

 

– Belga –le corrigió éste guiñando un ojo a la niña disimuladamente. Era precisamente el hombre de pelo blanco, caballo y flauta que los había llevado, supuestamente, hasta la gran grieta donde estaban escondidos todos los perros, pero esto no lo dijeron porque parecía que nadie tenía referencias al respecto.

 

– Belga, perdone usted –continuó contando el alcalde–. Bien, pues le llamamos para que nos ayudase con su globo a recorrer el campo más deprisa y, además, desde el cielo se ve todo mejor. Que es este en el que habéis dormido.

 

Antoine, el belga, había preparado el globo para hincharlo al día siguiente. Y como las madres estaban entretenidas preparando los bocadillos y demás, mientras los padres andaban por el campo a grito pelado llamando a los perros, los niños de la pandilla, por lo visto, se metieron a jugar en la cesta con el permiso del dueño, que afirmó allí mismo, delante de ellos, que se lo dio. Lo que corroboró el alcalde. Alba, Vero y los demás se miraron pues no recordaban la historia así.

 

Lo demás ya lo suponían los mayores, se pusieron a jugar hasta que cayeron dormidos. Los mayores les taparon con mantas. Y al amanecer volvieron las patrullas con los perros, lo que aún estaban celebrando cuando la pandilla se había despertado….

 

– Así que ¡hala!, cada mochuelo a su olivo que hay que levantar el campamento e irse a descansar.

 

 Y cada padre o madre fue cogiendo a sus hijos para llevárselos. Antoine sonreía y les guiñó un ojo, sin duda, él sí sabía la verdad.

 

– Cuando un cordero anda suelto y perdido por el campo, hay que sujetar bien a los perros, no vaya a ser que lo ataquen –les dijo con la mente, incluso movió una mano mirando a Alba en particular, igual que lo hizo Principito al despedirse. Y se giró a mirar hacia su casa. Alba siguió la vista y descubrió que en el tejado estaba saludándola Principito, con la mano libre, porque con la otra sostenía al cordero. Se le veía muy feliz.

 

– Mamá te lo prometo, he conocido a un niño rubio que viaja cogido a unos hilos de oro que cuelgan de las patas de unos pájaros.

 

– ¡Anda ya, Alba!, tu lo has soñado.

 

– Que no Vero, que es verdad. Era un niño rubio de ojos azules y ropa muy rara.

 

– De astronauta, no te digo más –dijo irónica Vero.

 

– Y vive en un asteroide …

 

– El B-212 –se le escapó a la madre, que enseguida cambió la mirada y quiso hacerse la despistada.

 

– ¿Mami?... ¿lo conoces?

 

– ¿Y quién no? –respondió

 

– ¡Anda la osa!  mí mami también, esto va a ser una plaga –dijo Vero.

 

– Sí, lo conozco. Se llama El Principito.

 

Y Alba abrió los ojos y la boca como si le faltara el aire y ya no pudo decir nada más en todo el camino. Mientras Vero reía moviendo la cabeza y retorciendo su dedo índice contra la sien.


F I N




@ 2020, by Santiago Navas Fernández


P.D.- Estos dos capítulos finales corresponden al libro "LAS FANTÁSTICAS AVENTURAS DE ALBA", que participó en el concurso literario de AMAZON. Podéis saber más sobre él en este mismo blog, pinchando en la pestaña superior "LAS AVENTURAS..." o también directamente pinchando aquí. Por cierto, Alba es un personaje inspirado en una persona real.


El capítulo del Principito se encuadra dentro de la gran afición a la obra de El PRINCIPITO, del que podéis ver una mini exposición de mi colección personal en la "pestaña" superior de este blog que lleva dicho nombre, o directamente pinchando aquí; se irá ampliando con las nuevas adquisiciones que haga.




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