lunes, 2 de diciembre de 2019

EL RIO ORELLANA







En la relación de crónicas del período siguiente al llamado “descubrimiento de América”, figuran nominalmente una infinidad de nombres de personas que pasaron sin pena ni gloria por dichos acontecimientos, de los que sólo se destacan Colón, Pinzón, Orellana, Pizarro, Cortés, etc. pero fueron miles los que con su sangre, sudor y hambres contribuyeron a los hechos que la Historia ha dejado escritos. Hombres que dejaron su vida en selvas y páramos sin que nada se sepa de ellos ¿pero realmente eran tan anónimos o es que no tuvieron quien supiera y quisiera contar sus andanzas?.

Uno de esos desconocidos se llamaba Fructuoso Gutiérrez, al que acompañaban cuatro amigos de los que menos aún que de él se sabe, pero que formaron un grupo muy unido pues desde el embarque estuvieron juntos y se les conoció como los cinco extremeños. Las últimas noticias que se les conoce es que partieron en la expedición de Orellana al gran río, pasaron los mimos hambres y lucharon en las mismas peleas que el glorificado primo de los hermanos Pizarro. Pero ellos sufrieron otra suerte bien distinta, pues cansados de las órdenes de un loco que les hacía pasar hambre y sed por un honor que en nada les beneficiaba, siempre a la espera del golpe de suerte que les permitiera regresar a casa cargados de joyas y riquezas, cosa que nunca llegaba, decidieron tomar las riendas de su destino.




Y así una noche, el grupo encabezado por Fructuoso, separándose del grupo, desaparecieron en la selva. Inmediatamente el cronista de Orellana los tachó de la lista y los declaró oficialmente muertos en la aventura. Abandonaron la orilla del gran río que iban siguiendo y se marcharon tierra adentro, convencidos de que si algo había que mereciese la pena, estaba allí y no en medio del gran caudal de agua.

Dicen las crónicas habladas, pues escrito no ha quedado nada, que sólo uno de los cinco amigos, un tal Arechavaleta, volvió a reencontrar cristianos a los que ampararse y morir en sus brazos, tras dos años de vagar entre lianas, fieras salvajes y humedad. Cuentan dichas crónicas que un fraile castellano guardó por tradición oral lo que otro fraile le contó una tarde, que según decía éste, recibió el encargo de conservar la historia de un franciscano que vino de las Américas, contando lo que un anciano benedictino le había oído contar en su juventud a un fraile moribundo de su congregación allá por Lima. 

El relato de Arechavaleta horrorizó a todos los que lo escucharon, que decidieron no guardarlo por escrito de increíble que parecía. En una noche cualquiera, un animal desconocido había picado a uno de los cinco amigos, igual en principio que lo habían hecho miles de mosquitos, pero contaba la crónica, que dicha picadura fue creciendo en un vistoso habón que supuraba un líquido lechoso y sanguinolento y que, de propio, palpitaba desde pocas horas de producirse. Dos días después, había crecido notablemente en el lugar donde se produjo la picadura; el enfermo comenzó a desfallecer, la pierna donde tenía el habón se hinchó hasta que parecía que iba a estallar con todas las venas dilatadas y la piel se le puso negra.

Al tercer día los dolores se hicieron insoportables y todo se le volvían aullidos. Hasta pidió la muerte a sus compañeros, por caridad. Pero ninguno se atrevió a dársela. Hasta que al quinto día, Fructuoso, compungido por el sufrimiento, decidió que debían cortarle la pierna, que era tanto como condenarle a morir pero sufriendo, pues en tales parajes un cojo y enfermo, sólo le quedaba penar más aún. Comenzó una discusión entre ellos, sin llegar a ningún acuerdo, cuando de repente el pobre pegó un alarido animal y cuando todos se volvieron a mirar, vieron abrirse sus carnes y salir de allí dos huevos más grande que los de gallina, que en seguida se abrieron dejando ver unas especie de lagartijas. La estupefacción fue tal que no supieron reaccionar hasta que Fructuoso tomó su espada y machacó a los recién nacidos. 

Su amigo había muerto, la herida de la pierna era todo un pus blanduzco y oscuro. Parecía como si carne y hueso formasen una masa purulenta. Lo enterraron lo mejor que pudieron y celebraron oficio religioso, aunque no tuvieran con ellos un cura recitaron algún pasaje de los santos evangelios.

Esa misma noche todos menos el tal Arechavaleta fueron picados por algo similar a lo que había matado finalmente a su amigo. En el caso de Fructuoso fue en la mejilla, ni que decir tiene que a los dos días perdió la visión del ojo de ese lado y la audición de ese oído y demostró tener problemas para respirar y sobretodo, para hablar. Al tercer día casi no se podía mover y como no podía gritar, no lo hacía, pero el intento al menos se le intuía. Era incapaz de tragar una gota de agua sin atragantarse y temían que en vez de otra razón, muriese por ahogamiento. Como así fue al quinto día. Comenzó a patalear y a echarse mano a la garganta, rasgándose la piel con las uñas desesperado, tomó el cuchillo y a punto estuvo de clavárselo en la garganta, seguro que intentando hacerse un agujero que le permitiera entrar aire a sus pulmones. La piel se le había ido oscureciendo, pero se amorató en el último momento. Y entre grandes estertores y sufrimientos, murió por fin por asfixia a ojos vista de todos., sobre todo de Arechavaleta, que como era el único no picado, intentaba atender a sus compañeros.

El cuerpo de Fructuoso fue apartado pero no enterrado, porque Arechavaleta no podía con todo el trabajo de cuidar a sus otros compañeros y cavar una tumba. Al día siguiente, de la cara del fallecido cayeron al suelo dos huevos negros, estaban pútridos, se ve que la muerte de Fructuoso les había afectado a ellos también. Arechavaleta los pisó y aplastó con sus botas.

De los otros dos amigos picados, uno lo fue en el estómago y otro en sus partes. En ambos casos el proceso fue similar al sufrido por los anteriores compañeros. El primero, el del estómago, tomó su espada en un descuido de Arechavaleta y apoyándola por la empuñadura en el suelo, se dejó caer sobre ella en la zona enferma, con lo que con su peso y la fuerza de la caída, quedó ensartado y el mal también muerto, de su estómago salieron líquidos y heces como jamás Arechavaleta había visto salir de ningún soldado antes, al que hubieran cortado las tripas.

El pobre de los testículos vio cómo éstos se le hinchaban y pidió al sobreviviente que le ayudase a morir. Pero no obtuvo dicha ayuda. Sufrió dolores mil a juzgar por sus aullidos constantes; una mañana el escroto comenzó a hincharse como un globo, hasta que explotó como si se tratase de brevas maduras. Un pestilente líquido se dispersó entre sus piernas y dos hermosos huevos negros se abrieron para dar salida a dos pequeñas crías de una especie de salamanquesas o lagartijas. A pesar de sus inmensos dolores, aún tuvo fuerza el soldado para agarrar a cada uno con una de sus manos y apretar hasta convertirlas en masas sanguinolentas sin vida. Después de lo cual, murió con una cierta satisfacción: la de la venganza.

Arechavaleta contó que en ese mismo momento y ante los cadáveres de sus compañeros, fue incapaz de hacer nada más por ellos y huyó de allí a la máxima velocidad que pudo. Estuvo tres días si parar ni mirar atrás, sin comer y sólo bebiendo el poco agua que llevaba en un recipiente atado a la cintura o lo que recogía de las plantas. Pero la suerte le acompañaba y el hado le llevó hasta un campamento de soldados, a los que se entregó como un perdido de alguna expedición. Confesó no recordar nada, sino que se había despertado hacía una semana en la selva, desorientado y perdido, sin saber quién era y por eso no podía dar noticias de cual era su destino y quien su jefe. Al capellán del destacamento sí le contó quien era, pero en confesión, y todo lo que había pasado, para que en ese ámbito secreto quedara y nada se conociera. En cuanto pudo, volvió a España y nunca se supo ni su destino ni su final.


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Esta fue la historia que me contaron poco antes de salir para la que fue mi última expedición. Hoy en día, ya nadie me conoce, pero durante un tiempo fui llamado a multitud de programas de televisión y radio, me hicieron entrevistas en diversas publicaciones y hasta llenaba con mis reportajes numerosos blogs y webs de eso que llaman aventuras. Desaparecí por una enfermedad que voy a relatar, no hace mucho he vuelto a ser otra vez yo mismo, corriente y sobretodo, visible. 

Sólo quien lo ha sufrido sabe lo que es pasar por el mundo ocultándote de tus conocidos, de tus vecinos, sentirte señalado al pasear, los niños que te miran con respeto o con miedo… Es una triste sensación que en mi vida llegué a pensar que me ocurriría, a pesar del notable riesgo que entrañaba mi estilo de vida, escogido libremente por mi y asumiendo sus consecuencias, cualquiera que hubiese sufrido, pero jamás llegué a pensar en algo tan extremo.

Cuando uno se dedica al deporte de aventura, a la exploración de rutas complicadas o a buscar las nuevas que se puedan abrir, sabe que cualquier cosa puede pasar: un desgraciado accidente que acabe con todo repentinamente, un evento que interrumpa bruscamente el proyecto, un accidente que impida llegar a meta…. Una pierna o un brazo roto, no significan gran cosa; unas fiebres o unas diarreas, son algo asumido que posiblemente suceda… y así varias circunstancias más, como animales salvajes, tribus, milicianos, etc. de todo hay por el mundo y sabiendo que pueden estar allí, estás preparado para lo que venga.

Esto fue lo que sucedió en mi última aventura. Todo estaba preparado y programado a conciencia, sabíamos que remontar el río hasta tierras selváticas sin apenas explorar, casi sin crónicas (y las que había apenas contaban nada o eran negativas) sería muy arriesgado. Nos hicimos con reservas de medicamentos y paliativos muy diversos, conseguimos unos guías nativos conocedores y habituados al clima y a las posibles incidencias, eran de total confianza de la organización. Por tanto, contábamos con un alto porcentaje de garantías, al menos sobre los riesgos conocidos. Pero la seguridad absoluta, no existe.

Habíamos subido por el río en las canoas adaptadas con motor de la organización. Diseñadas de forma que a un momento determinado, prescindías de la mecánica y eran movidas con remos. De esta forma accedíamos al punto de inicio de la expedición en sí misma y desde ahí, para no asustar con el ruido a naturaleza e indígenas, continuábamos navegando a mano. Tras un agotador día de remar por turnos ascendiendo por el tranquilo e inmenso caudal, llegamos a la zona prevista de acampada, un terreno despejado, pequeño pero suficiente para establecer nuestra recoleta base. En él teníamos destacado una familia indígena de más abajo, que la organización mantenía allí mientras durasen los trabajos de exploración o el clima lo permitiera.

Acampamos tranquilamente sabiéndonos en la puerta que separaba el mundo moderno y conocido, del misterioso mundo de la jungla interior. Mil leyendas circulaban entre los indígenas más cercanos a dos días de navegación. Ninguna carretera, camino o senda (que supiéramos) llegaba hasta allí. Apenas lo hacían las señales de radio y nos valíamos del GPS para poder orientarnos y mandar mensajes a la base de la organización. Ni siquiera, en caso de urgencia, podría auxiliarnos un helicóptero, porque allí la vegetación era demasiado salvaje y alta como para poder tomar contacto con nosotros. Ni siquiera en el escaso descampado que mantenía la organización despejado a orillas del río.

Por el escaso calado del caudaloso río, sólo con canoas o ciertas barcazas, se podía acceder, por tanto. 

Mil ruidos provenían de la salvaje naturaleza que nos rodeaba, debíamos descansar porque al día siguiente continuaríamos a remo río arriba hasta alcanzar tierras desconocidas, dos días más de navegación nos adentrarían en terrenos sin registrar ni en los mapas. Sólo pequeñas referencias de misioneros y viajeros en busca de El Dorado, nos alumbraban. Y de algunos más que lo intentaron y tuvieron que volverse tras una semana de navegar sin encontrar una orilla en la que arribar. Esa noche dormiríamos en camastros dentro de tiendas de campaña. A la siguiente, si no encontrábamos nada mejor, lo haríamos en las propias canoas, y el resto, igualmente en función de lo que encontrásemos.

Mario, un ingeniero de minas enamorado de la selva y que esperaba encontrar un lugar donde iniciar una explotación, era mi compañero de tienda. Era un hombre experimentado y un apasionado de la aventura, aunque la practicaba únicamente cuando el trabajo y la familia se lo permitían, no era como mi caso, que por suerte, podía dedicarme por entero a esto.

Nos preparamos lo mejor que pudimos para descansar y reponernos. No dormíamos sobre el suelo, sino algo elevados mediante unas patas que sostenía una plataforma donde apoyar el colchón de campaña. Ninguna luz. Mosquitera y repelente a mano. Y un pequeño emisor de ultrasonidos para evitar animales de innecesaria presencia. Suficiente para dormir y descansar, como así nos dispusimos.

Aún no era la hora de despertarnos, la noche había sido tranquila y habíamos podido conciliar el sueño. Sin embargo, las malas sombras habían hecho acto de presencia entre nosotros. Sólo sentí algo extraño en mi cara, como una especie de calor en la mejilla, desperté e instintivamente eché mano y noté un tacto extraño, rugoso, como de mal afeitado de muchos días, una especie de restos de viruela. Y sentí algo acariciar mi piel. Me rasqué un poco y sentí que algo húmedo se adhería a mis dedos, como cuando explotas un grano. Encendí la linterna para no despertar a Mario, tenía algo viscoso en los dedos. De reojo vi como se aireaba la manta con la que me tapaba, a la altura de mis pies, y una sombra se arrastró fuera de la tienda. Mi compañero se volvió y me preguntó si pasaba algo, le respondí que era como si algo me hubiera picado en la cara y entonces él me miró más despacio, vi cómo sus ojos se abrían desmesuradamente y cómo daba un salto en el camastro para levantarse y venir hacia mi.

– No te toques –me dijo.

El calor que sentía en la mejilla fue en aumento, parecía hervir. Sentí como un hilillo de líquido bajaba hacia el cuello e instintivamente me eché mano para limpiarme. Mario me volvió a decir que no me tocara la cara, me dio un pañuelo para que recogiera el líquido que supuraba. Me pidió que esperara allí mientras iba a buscar al compañero que hacía las veces de sanitario. Cuando éste entró en la tienda, lo hizo acompañado por el indígena que estaba al cargo del campamento que mantenía allí la organización.

Insistieron en que no debía rascarme. El lugareño pronunció un nombre extraño. El sanitario aplicó algodón para secarme el líquido de la mejilla. Parece ser, según me explicaron, que había una especie de salamanquesa, lagartija o similar en la región, que se introducía por la noche en lugares donde hacía calor, para depositar sus huevos en un cuerpo extraño que le hicieran de incubadora, para lo que buscaba seres vivos, preferiblemente grandes, de los que se alimentarían sus crías hasta que dichos huevos eclosionaran. Allí crecerían protegidos hasta que a su tiempo y en pocas horas ya eran capaces de moverse por si mismos y se disgregaban por la selva, solían ser dos o tres crías por incubación. Era corriente la infección de la herida, el individuo corría peligro de muerte si no se curaba bien.

Noté cómo el calor de mi cara aumentaba y el líquido también. El sanitario pasó el algodón por encima de la herida, que se había convertido en un bulto palpitante. Comentaron que, si seguía creciendo y expandiéndose, la fuerza de la presión podría llegar a afectarme al ojo y al oído de ese lado, pero también a la respiración por presión en la tráquea en la garganta. Sería mejor trasladarme a un centro médico, pues “la picadura de Arechavaleta”, así la llamó el sanitario, era una cosa muy excepcional que solía producirse en vacas, caballos y otros animales, pero raramente en humanos y menos en esa localización de la selva. 

No sentía dolor, era una extraña sensación como de calor, como si tuviera ahí apoyado un cazo recién sacado del fuego. De reojo vi el algodón que usaba el sanitario alrededor de la herida manchado de un color rojizo muy sospechoso. Entonces fue cuando comencé a asustarme de verdad recordando la leyenda que me habían contado sobre Fructuoso y su grupo. Pero como apenas podía mover la boca que se me iba durmiendo igual que si estuviera en el dentista, me conformé con hacer señas. Estaba claro que quería más información sobre lo que estaba pasando, pero no podía decirlo. No me había llegado a creer la leyenda, pero era evidente que estaba sucediendo y me estaba sucediendo a mi.

Mario me explicó que mi cara deformada tenía un par de bultos más significativos que el resto, de color negro, deduje que serían los huevos implantados por el extraño animal que me había picado. Dentro de esa inoculación, me contó, iba un analgésico natural que me impedía sentir tanto dolor como correspondería a la deformación que mi cara estaba sufriendo. Por lo que sabía, los huevos implantados, se estaban alimentando de mi. Era importante para dicha crianza que yo, como individuo recipiente, no muriese del todo.

- Debemos extraerte esos huevos, parece que son únicamente dos, pero debemos hacerlo antes de que crezcan más porque te están destrozando la cara y no podemos calcular hasta donde te afectará. No tenemos mucho material aquí y esperamos que todo salga bien, pero si te dejamos, pueden llegar a asfixiarte. Jamás había conocido de un caso en personas. Pero el efecto en animales es degenerativo en unos pocos días, menos de una semana, y siempre acaba con la muerte del incubado. 

Aún así, avisaron a la base. Al día siguiente un experto localizado por la organización, se puso en contacto con nosotros y nos explicó las fases por las que íbamos a pasar, en realidad, yo era el que las iba a pasar. El animal que me había picado depositaba los huevos envueltos en un líquido que al contacto con la sangre endurecían, pero dejando unas raíces que se insertaban en piel y venas, de donde se alimentaría la cría hasta el momento del nacimiento; el analgésico inoculado y que desarrollaba el mismo huevo, ayudaba a que el individuo depositante no sufriera dolor, pero también impedía la cicatrización, por lo que las consecuencias una vez nacidos los individuos, podían ser funestas. 

En cuanto a mi, primero iría perdiendo la visión del ojo y el oído del lado donde se encontraba la picadura. Después me vería afectada la respiración y la capacidad de tragar, corriendo el riesgo de morir asfixiado o deshidratarme si no ocurría lo otro antes. Los dolores comenzarían con el desarrollo de los huevos y ese punto sería el que marcara que todo estaba perdido, pues cuando los sintiera significaría que los bebes “bicho” iban a nacer. Si aún vivía, este último instante sería el definitivo, la infección que me provocaría sería mortal. Había que actuar rápido. 

Así que el sanitario, siguiendo el consejo del experto, el cual había practicado el método en animales, comenzó a presionar intentado que los dos pequeños huevos se desprendieran y sacarlos como si se tratase de una espinilla, sin dejar raíces dentro, que apenas se habían formado por suerte. Yo no notaba dolor apenas, pero seguro que de no haber sido por la anestesia natural inoculada por la especie que me había picado, estaría muerto de dolores.

Noté cómo forcejeaba ayudado por el indígena, que me aplicaba un ungüento que seguro habría elaborado como cicatrizante, sentía lo que me hacían. La carne se abría y destilaba líquido mezclado con sangre. Parecía como si un gran poro se abriera. Vi el primer huevo que me mostró Mario. Era negro y venía impregnado de sangre. Mediría un centímetro de grosor, lo que para una mejilla significaba una barbaridad. Al rato y tras varios esfuerzos y presiones, noté cómo algo se desprendía de mi cara. Al momento Mario me volvió a enseñar el otro huevo, aún impregnado de mi sangre, más o menos era del mismo tamaño que el anterior. Ya estaba libre y mi fracaso como incubadora parecía real.

El sanitario y el indígena se aplicaron en cerrar mis heridas, extender un cicatrizante y hacer todo lo necesario para que esto sólo fuera un mal recuerdo. Noté como el calor invadía mi cuerpo, estaba sudando, el sanitario me arropó y me tomó la temperatura.

- Tienes fiebre –me dijo Mario- no podemos desplazarnos, pero nos quedaremos todos aquí. Vamos a esperar un barco rápido que ya está en camino. No te voy a ocultar nada, la herida no se cierra, es como si lo que te hubiera inoculado ese animal, impidiera la cicatrización.

Mi cabeza comenzaba a dar vueltas, notaba cómo la vista se me iba nublando y escuchaba las conversaciones como si se produjeran en la distancia, perdidas en algún espacio sideral. Respiraba con dificultad, sentí que algo me bajaba por la garganta, me estaban entubando para que pudiera resistir sin asfixiarme y la cabeza me dolía cada vez más. Fui cayendo en un sueño caliente que me aisló del mundo.


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Cuando abrí los ojos, sentí un bamboleo suave, estábamos navegando o volando, no era capaz de identificar en concreto qué. Mi mente aún no estaba despejada y mi malestar seguía siendo evidente. Mario estaba junto a mi, me tomó de la mano y me explicó que íbamos de camino a un hospital. El barco nos había llevado lo más rápido que pudo al puerto más cercano y allí un helicóptero nos trasladaba a una ciudad cercana. Me volví a dormir.

 Cuando desperté debía haber pasado al menos un día. Me sentí más despejado, respiraba sin ayuda y ya no tenía el tubo en mi garganta. Mis ojos parecían abiertos por igual y el oído me funcionaba, aunque no había nadie, escuchaba el ruido de las máquinas conectadas a mi cuerpo. Al momento apareció una enfermera que me dio los buenos días, estaba muy contenta por verme despierto, me dijo. Me anunció que en breve llegaría el médico para explicarme.

Cuando lo hizo saludo a Mario con un guiño. Entre ambos me detallaron que efectivamente todo lo que había pasado se correspondía con lo que el experto nos explicó. Era una extraña evolución de lagartija que habitaba en la selva y que buscaba un lugar donde depositar sus huevos una semana o dos antes de la eclosión, generalmente grandes monos o mamíferos le servían, esta vez me encontró a mi. Gracias a la actuación del sanitario y el experto, habían interrumpido el proceso que de haber seguido su curso, habría acabado con mi vida casi seguro, muerto por asfixia y por las heridas que no cicatrizaban y que se harían más grandes cada vez, hasta que al soltar los huevos, se quedaban abiertas y supurando. Ahora tenía todo vendado a la espera de que se fueran cerrando, pero me quedarían marcas y sería un proceso largo y tedioso.

Me podía marchar a casa, pero todos los días debía retirar los vendajes para dejar que me diera el aire en la mejilla para una curación más eficaz, dejando que el líquido lácteo supurara sobre un algodón, al menos cuatro veces al día. Cuando dicho proceso acabara, que podía ser por un periodo en torno a un mes, lo sabría por la sequedad que adquiriría la herida, podría cubrirla y dejar que la carne se regenerase sola, pero también convenía airearla de vez en cuando, no debía asustarme si sangraba espontáneamente. Este proceso podría durar un mínimo de un año.

No quisieron ahorrarme detalles del proceso, así que me enseñaron fotos de otros pacientes afectados. En los que no habían eclosionado los huevos implantados, se les había abierto la mejilla dejando al descubierto las encías y los dientes, como si fueran calaveras con carne. Alguno le llegaba hasta el ojo y se le veía el globo ocular, otros hasta el oído. La reconstrucción iba a ser complicada sin duda, la regeneración de la mejilla en algunos casos era imposible. 

Por fin me enseñaron mi propia cara. Por suerte no era tan grave, pero era realmente asqueroso. Mi mejilla existía a pedazos, era una especie de red hinchada donde los huecos se alternaban con la carne sanguinolenta de la que destilaba un líquido pastoso blanco que se mezclaba con el rojo de mi sangre y escurría por el cuello hasta un lecho de algodón que me rodeaba la garganta. Se notaban dos huecos especialmente grandes que debían corresponderse con los huevos depositados por el animal que me picó. Y luego varios más pequeños como si los poros de mi piel hubieran engordado. Era una extraña red que me acompañaría por tiempo indefinido mientras se iban cerrando acompañados de un tratamiento médico que nada podía garantizarme.

El viaje de regreso fue difícil, pues las 9 horas de avión exigían que en algún momento me descubriera las heridas y las dejara supurar. Advertida la tripulación y con las garantías que ofrecía la organización, consiguieron darme un trato especial y reservamos un baño exclusivamente para mi durante el tiempo que tenia que estar con la herida al aire. Así que me pasé más de la mitad del viaje, metido en dicha cabina y aislado.

De ahí fui directamente a mi casa y sólo salía para lo mínimo imprescindible, al hospital. Suspendí todo el resto de contactos. Con el paso del tiempo, tuve que llevarlo al descubierto y aunque ya no me supuraba líquido ninguno, era una herida realmente desagradable de ver, pero no podía evitarlo y era objeto de señalamiento por parte de todo el mundo con el que me cruzaba. Tuve que suprimir todas mis actividades y esperar a la recuperación, que tardó finalmente más de dos años en acabar de cubrir todos los huecos, al final, ayudados por la cirugía.

Finalmente me quedó una cara aceptable, pero para nada la que yo tenía. Espero que la falsa lagartija de la selva, acabe extinguiéndose finalmente, siempre he defendido la naturaleza, pero cuando te pasa una cosa como esta, te planteas todas tus creencias, la verdad. He sufrido una realidad que no ha sido gran cosa en comparación con lo que debió sufrir el grupo de Fructuoso y Arechavaleta, sobre todo éste que vio a todos sus compañeros enfermar, deformarse y morir, en los tiempos donde no existían tantos procedimientos médicos y sin saber por qué.

Seguramente que en un año máximo, estaré disponible para una nueva aventura, que seguro no será tan traumática como esta y podré traeros crónicas de lugares insospechados, salvajes y bellos por igual. Pero espero no traerme nada más.


@ by Santiago Navas Fernández


P.D.- Las fotografias son propias. 


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