viernes, 15 de noviembre de 2019

50





Érase que se era una aventurera que al despertarse un día, se miró en el espejo y se dio cuenta de que tenía cincuenta razones para salir corriendo. Se calzó las botas de cincuenta pulgadas que tenía sin estrenar y se lanzó a recorrer el mundo mundial, por lo menos cincuenta veces. Tomó el sendero que se abría ante ella, bordeado de cincuenta piedras blancas y cincuenta árboles sin sombra. Cincuenta perros aullaron cada uno de sus primeros cincuenta pasos.

Arrastrada por el destino y en plena posesión de su persona, avanzó contando las cincuenta nubes del cielo, los cincuenta campos de hierba verde y frondosa donde pastaban las cincuenta vacas más orondas entre los cincuenta caballos más hermosos. Cruzó cruces de caminos donde cincuenta gatos la saludaron y la indicaron hacia donde dirigirse, lo menos cincuenta veces. 



Y por fin llegó a una ciudad donde pudo ver cincuenta coloridas casas y cincuenta altas torres que la saludaron desde el horizonte. Caminó cincuenta pasos hasta llegar a sus puertas (puerta número 5 ponía en el arco que la esperaba).

– ¿Dónde estoy, señora? –preguntó a una mujer que salía cargada con un cántaro de cincuenta litros (menudo cántaro que era).

– En Cincuenta, la ciudad de las cincuenta cosas.

¿Cómo? dijo sin decir. Sí, le respondió la mujer dejando el cántaro que pesaba en el suelo, aquí encontrará cincuenta ríos que la atraviesan, cincuenta puentes que los salvan y cincuenta playas en las que desaguan. Cincuenta barrios con cincuenta casas cada uno y cincuenta torres, una por cada barrio. Tomó su cántaro de nuevo y echó a andar.

La aventurera quedó sorprendida y se adentró por el arco, tomó la calle cuyo nombre era “cinco”, igual que el arco, eso quería decir que cada calle que partía de un arco llevaba su número. Dedujo que, al menos, debía haber cincuenta arcos y cincuenta calles que partían de cada uno de ellos. Es más, si había cincuenta entradas y cincuenta barrios, era más que probable que cada entrada fuera la de un barrio ¿no?.

Pasó un coche de policía y no le sorprendió que en el lateral apareciera un “50” pintado. Los policías que iban en el interior la saludaron con un leve movimiento de mano. Cruzó sobre un puente que salvaba un río de aguas de color esmeralda que explotaban en sonoras olas de blanca espuma.

La calle desembocó en una plaza. Miró la placa y como no podía ser menos, era la plaza “cinco”. Y así hasta cincuenta, pensó. Era amplia, contaba con un buen número de columnas que formaban unos fantásticos soportales, no le hizo falta contar exhaustivamente las columnas, eran cincuenta sin duda, aunque cortadas por una de las cincuenta torres, en cuya entrada figuraba el nombre de “Ayuntamiento del barrio Cinco”. En el resto y sobre cada arco, había carteles con los nombres de los correspondientes comercios, pintados en colores vivos y distintos: Bar de los cincuenta vasos, Toldos cincuenta sombras, Cine de las cincuenta mejores películas, Moda de los Cincuenta, etc.

Vio más calles que de la plaza partían hacia los cuatro puntos cardinales y subcardinales, hasta completar las 50 salidas, una por cada columna. Como no tenía claro cuál tomar, escogió una al azar.

Enseguida llegó a un puente bajo el cual discurría un río de color ambarino, dulce y melodioso, parecía desprender música de violines.

– Cada río de esta ciudad tiene un color diferente y emite una música distinta –dijo alguien a su lado. Era un hombre sereno que acompañaba a una mujer de una edad similar a la suya y a la de él mismo, según calculó.

– Es muy original –respondió.

– Y muy hermoso, le gustará, ya verá.

– Y no podrá parar hasta verlo todo –le advirtió la mujer.

Ambos continuaron su camino y ella hizo lo propio. Llegó a otra plaza que tenía la correspondiente torre con el cartel que anunciaba el Ayuntamiento de ese mismo número, sus torres, sus soportales y sus comercios, pero cambiaba el estilo. Ahí vio el Restaurante de los cincuenta platos, el Teatro de Comedias de las cincuenta carcajadas, Librería cincuenta libros que te sorprenderán, Viajes la vuelta al mundo en 50 días, … y otros pocos más.

Comenzó a gustarle. Tenía ganas de descubrir las cincuenta plazas, los cincuenta ríos, las cincuenta torres. Sólo había recorrido dos, pero ya estaba maravillada. Se lanzó hacia una nueva calle, subió otro puente y descubrió un nuevo río, de aguas trasparentes, donde los peces parecían detenerse a saludarla. Y luego otra plaza, otra calle, otro puente, otro río… no se cansaba. Estaba fascinada y quería recorrerlos todos.

No sabía ni cuantos llevaba cuando desembocó en un espacio abierto, un paseo marítimo y la inmensidad al fondo de una fina arena gris. “Está usted en la playa 5, disfrútela. Cuente hasta 50 antes de arrojar basura”, decía el cartel. Un poco más allá desembocaba uno de los ríos. Y en la playa descubrió el Chiringuito de los cincuenta calamares, con cincuenta hamacas para tomar el sol bajo las cincuenta sombrillas.

Comenzó a pasear y observó que al poco, tanto el color del paseo como de la arena cambiaban de intensidad y textura. Un cartel le anunció que entraba en otra playa con igual recomendación respecto a arrojar basuras. Un nuevo río la sorprendió con sus aguas azules y peces de color negro que saltaban para mirarla pasar. Junto al mar el Bar de las cincuenta olas y la tienda de Surf cincuenta tablas de gris preparadas sobre la arena.

–¿Sorprendida?, aquí todo es así, de cincuenta en cincuenta.

– ¿Y las personas?

– También. Cincuenta en cada ayuntamiento, cada cincuenta ayuntamientos forman un barrio, cada cincuenta barrios es un distrito y con cincuenta distritos cerramos la ciudad. Pero si hacen falta más, lo ampliamos.

– ¿Ah, sí?

– Y cada uno con su playa, con su río, …

– Caramba, es impresionante.

– Claro. Ahora mismo esa es la capacidad, pero pronto se llenará con viajeros y viajeras como usted.

– ¿Cómo yo? ¿qué le hace suponer que me quedaré?

– Todo el mundo se queda.

– ¿No me diga? –respondió desafiante.

– Bueno, siempre hay quien se niega, pero es solo al principio. En seguida cambia de opinión.

– ¿Y usted quién es para hablarme así?

- Uno de los cincuenta alcaldes y, seguramente, su alcalde.

La viajera se quedó perpleja, es como sí diera por hecho que ahí se acababa su viaje. No estaba dispuesta.

– ¿Cómo se llama esta “maravillosa” ciudad?

– Mundo, es un mundo, no una ciudad.

– ¿Y por qué es un mundo y no una ciudad?

– Una ciudad es algo concreto, asumible. Un mundo lo es todo. Es fácil conocer una ciudad, conocer un mundo es un privilegio de la edad.

– Bueno, pues mundo; pero ¿cómo se llama?

– Cincuenta. Este es el mundo de cincuenta y quien llega a él, ya no se va –el hombre hizo una prolongada pausa–. Cincuenta tiene tantos encantos, es tan completo, tan maravilloso, que nadie que lo conoce quiere marchar… y seguro que en este Mundo hay algo que te hará que te quedes ¡ya verás!

– Pero …

– FELICIDADES viajera, por fin llegaste ¡llevo cincuenta años aguardándote!

Se volvió a ver quién la llamaba y lo comprendió todo al verse reflejada en sus ojos verdes. Entonces supo que jamás abandonaría el mundo de Cincuenta.




Madrid, abril de 2016
Elaborado y dedicado al
50 cumpleaños de Yolanda,
mi esposa y amiga.



@  by  Santiago  Navas  Fernández


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