viernes, 1 de noviembre de 2019

¡ ADIOS MI GENERAL !



Ya casi está lista la revisión, actualización y ampliación de "Hipófisis Z (isla)". Han sido algunos meses, pero se va a ver reforzada la historia en sí. Como muestra, uno de los primeros capítulos, por cierto, que ahora hay más y todos llevan su título:




"La pistola reglamentaria descansa sobre algunas carpetas, a la espera de la mano que pronto la irá a buscar. El orondo General, está sentado en su butaca, los ojos cerrados, gesto severo y apesadumbrado, de su muñeca sale sangre, un mal encuentro viniendo por los pasillos, ya sabe las consecuencias. Ante él, una mesa perfectamente ordenada; a su espalda, estanterías repletas de libros y fotografías, otros recuerdos y pequeños objetos cuidadosamente alineados. La llamativa papada propia de una persona que le gustan los goces de la mesa, su edad ya madura, el uniforme impoluto, … todo compone la imagen de un hombre experimentado, disciplinado y exigente.

Él, el General en jefe de aquella misión, abre los ojos y prosigue escribiendo en el cuaderno del Diario de Operaciones hasta que considera que lo ha terminado, alza la vista y recorre el despacho lentamente, observando con especial atención las fotografías de lo que podría ser una familia, la suya seguramente, como si estuviera despidiéndose. Desde el otro lado de la puerta llegan golpes, alaridos, disparos, carreras, sirenas, … todo lo que en el conjunto del recinto sucede en ese momento, todo lo que ha provocado esta absurda situación, sobre cuyas consecuencias ya avisó desde que tuvo conocimiento de lo que allí se cocinaba, nunca mejor dicho.
Era el máximo mando militar de la misión y, sin embargo, no supo qué estaba protegiendo realmente hasta hacía pocas horas, cuando lo descubrió justo a punto de estallar el problema que ahora les sobrepasaba.
Así pues, toma la pistola, introduce el cañón en su boca y recuerda que tan sólo unos minutos antes volvía de la Sala de Control, con los pies arrastrando, mientras a su alrededor por los pasillos, los soldados corrían a ocupar sus posiciones de combate, un combate ya perdido, inútil y él lo acababa de saber. Un descuido y sintió un dolor a la altura de la muñeca de su mano izquierda, miró y vio los ojos muertos de un cadáver que intentaba devorarle, con su pistola de mano apoyada en la frente, acabó con el hálito que aún mantenía en movimiento aquel cuerpo. Se santiguó y siguió hasta su despacho. Esto ya era lo último.
El equipo científico le había exigido la máxima protección y diligencia, el enemigo al que se enfrentarían a partir de ese momento, le dijeron, era un “extraño ente” mucho más poderoso que cualquier miembro del destacamento militar de la isla. Habían aguantado en la Sala, pero todo había acabado por estallar y comprendió que había llegado el momento de mandarlos, muy a su pesar, a refugiarse en la habitación del pánico creada a esos efectos. El General no quiso hacerlo, se negó a esconderse, por su honor, por sus compañeros caídos, por los que aún caerían... Miró el sobre de instrucciones que custodiaba, el que decía que hacer en el último momento, en caso de un desastre absoluto, las órdenes eran precisas: salvaguardar a los científicos por encima de todo, así que destinó un grupo para ayudarles a protegerse.
Luego vio cómo los “extraños entes”, zombis, conseguían vencer las defensas y comenzaban a invadir el edificio. Supo que no había remedio y así se lo dijo a sus inmediatos colaboradores mientras observaban las pantallas en la Sala de Control. Siguieron aferrados a sus puestos como héroes que eran, a sabiendas de que si se levantaban, todos los controles y alarmas desaparecerían y, si se quedaban, acabarían en las garras del enemigo antes o después.
Sus hombres caerían uno tras otro en la refriega, no tenían posibilidades de escapar, en apenas unos pocos minutos, sólo quedaban él y unos pocos valientes más en la Sala. “Huyan, escóndanse, sobrevivan”, les dijo. Y él se retiraría a su despacho a escribir el último oficio que quedaría para la memoria de quien lo encontrara. Su misión no era atacar, sino defender, por tanto, si no podía hacer su labor, si perdía a todos sus hombres sin poder luchar adecuadamente, no merecía vivir y, sin embargo, sí debía contar lo que allí estaba pasando, pues en cuestión de unas pocas horas, unas pocas decenas de vidas humanas iban a desparecer de una forma cruel, por culpa, una vez más, del egoísmo humano.
Su padre siempre quiso que fuera militar, como él mismo, como el suyo lo había sido “Hijo, tu abuelo estuvo en Filipinas” y le enseñaba un retrato en blanco y negro, imagen que siempre llevó con él, en su memoria grabado, cuando estuvo en la Academia y después también, siempre. Su abuelo, su padre, … Y aún cuando se casó, Capitán era ya, dejó la luna de miel para aprovechar unos cursos de mejora táctica. Luego tendría que compensar a su recién esposada, lo hizo un año más tarde. Consiguió incluirse en una misión que iba a Nueva York, a la ONU, a unas reuniones al más alto nivel. Y se pudo llevar a Conchita, ese fue su viaje de novios ¡y cómo lo disfrutaron! Así decía, que su primer hijo era americano. Después vino el resto, hasta 5 más. Los ascensos, hasta el generalato, siempre fiel a lo que le ordenaran. Y por último aquella misión “Raimundo, esta es tu oportunidad. Lo que allí se está haciendo va a asombrar al mundo, necesitamos máxima discreción y tu eres nuestro General más apropiado … ¡te ruego que aceptes!”, “a sus órdenes siempre Majestad” ¿qué otra le cabía? 
A pesar de que ya no tuviera ganas de nuevas misiones, ya le gustaría descansar en su despacho y esperar su pronto pase a la reserva, pero ¿quién “Le” podía negar nada después de lo pasado en los últimos años? Y tal y como estaban las cosas … quería a todos sus hijos, pero la verdad es que no todos le habían salido como le hubiese gustado ”¿y qué le vamos a hacer?, ahora los tiempos son así Rai”, le decía Conchita. Siempre Conchita, la única mujer en su vida, él nunca había tenido amantes ni líos, Conchita lo era todo.
Vuelve a la realidad el General, sintiendo el frío metal en su boca, aprieta los dientes sobre el arma y se descerraja un único disparo, pero suficiente, bien lo sabía él. La pared a su espalda queda manchada de sangre y la cabeza se desploma sobre su pecho. El sillón y lo orondo de su cuerpo, impiden que caiga contra el suelo, quedando como si estuviera echando un sueño, el último."


@ by  Santiago Navas Fernández

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