miércoles, 25 de septiembre de 2019

LA LEYENDA INÉDITA




LEYENDA  INEDITA  EN  MEMORIA  

DE  D. GUSTAVO  ADOLFO  BÉCQUER


Existe una plaza en el parque de María Luisa envuelta en el verde cansado de los viejos árboles que la circundan, hace muchos años observé que en ella una anciana leía apasionadamente un libro del que no se separaba. Todos los domingos que el sol lo permitía, la mujer, sencilla y tan vetusta en su atuendo como en su apariencia, releía páginas del pequeño tomo forrado con el papel de una revista cualquiera. Intrigado, tuve la osadía de acercarme lo suficiente, aprovechando que la gran concurrencia de público esa mañana no delataba mi curiosidad, para poder entrever algunas páginas y comprobar asombrado que era un manuscrito de letras muy pequeñas. Pude continuar asistiendo para certificar que siempre era el mismo tomo y siempre los domingos soleados de otoño a primavera. Por su aspecto la supuse muy anciana, aunque no lo suficiente como para haber conocido al personaje de la estatua que la daba sombra, claro. Quizá algo delicada de salud y quizá algo justa de dineros, a juzgar por lo gastado del vestido negro que lucía, siempre el mismo. Su pelo blanco que no canoso y la vista dócil y perdida, como un homenaje al romanticismo del autor que nos contemplaba desde lo alto, no usaba gafas.


Llegué a creer que la anciana nunca se percató de mi presencia, tan silenciosa y vulgar de paseante dominguero por el pulmón verde de la ciudad, como la de cualquier otro. Pero sin duda ella se había fijado y así me lo demostró más adelante. Ya estaba acostumbrado a su ausencia cuando el tiempo atmosférico no era propicio, pero la eché de menos cuando no apareció durante dos soleados domingos de marzo seguidos, y ... me temí lo peor. Pero no, allí estaba de regreso al tercero, aunque con un aspecto más demacrado. Me acerqué como siempre sigiloso hasta un par de metros de ella, haciéndome el despistado, con el periódico abierto como si lo leyera. Pero la anciana, por primera vez, levantó la cabeza y me sonrió. Con una leve inclinación, me invitó a acercarme. Sus ojos, aunque cansados no eran tristes como me parecieron de lejos, de un azul intenso, grisáceos por el peso de la edad, aunque en su tiempo debieron ser más bellos que el mar.

“Ya pronto recorreré los amplios campos de la eternidad –me dijo-, nadie se ha fijado en mi, pero está escrito en la leyenda del autor: “una persona te mirará al fondo de los ojos y ella deberá ser la poseedora de este manuscrito secreto”. Así lo recibí hace años, cuando era una joven bella y romántica, en este mismo lugar, de manos de un caballero anciano pero bello como usted. Así lo recibes tú hoy y deberás guardarlo hasta el momento que te sea anunciado tu último viaje. Entonces otra persona será la heredera de esta tradición y deberás entregarle el manuscrito que contiene toda la sabiduría sobre lo más profundo del amor.”

“¿Por qué yo? ¿Cómo sabré cuándo y a quién debo dárselo?”

“La leyenda lo dice y así lo entenderás cuando la leas. Descubrirás el verdadero sentido de la vida y numerosos secretos que permanecen guardados al resto de corazones. El autor lo redactó en su retiro cuando aún era demasiado joven para saber lo que escribía. Esta verdad oculta ha quedado difuminada entre sus leyendas conocidas, pero ésta contiene la mayor de todas. Por eso nunca deberá ser publicada y sólo debe ser transmitida de unos a otros sin que se conozca su contenido. Sabrás cuándo y a quién porque levantarás la vista y la reconocerás cera de ti”.

La mujer dejó el manuscrito sobre el banco de piedra y abandonó el lugar. Nunca más volví a verla. Y aunque quise leer el libro en numerosas ocasiones, jamás pude conseguirlo si no era cuando estaba bajo la estatua que en el parque de María Luisa conmemora al gran autor sevillano. Nunca fuera de allí pude leerlo, pues cuando lo abría ... las páginas se mostraban en blanco.

            Un día, mientras leía apasionadamente los secretos contenidos en esta inédita leyenda, una muchacha de intensos ojos azules como los de la anciana se me acercó disimulando pero intentando saber qué leía. Un escalofrío recorrió mi espalda. Me encontraba joven para abandonar la vida tan pronto. Un extraño presentimiento me embargó al comprobar que una parte del libro aparecía en blanco, justo el final. En ese momento tenía cumplidos 34 años y era 22 de diciembre de 1970, tal vez una casualidad, 22 más 12. Ese día al salir del Parque, un carterista me arrancó la bolsa de mano y con él se llevó el libro que ya no podré traspasar a su posible heredera, tal vez la joven, perdiéndose la obra, pues es seguro que quien lo robó, al comprobar que era un libro en blanco, se habría deshecho de él.

De todas formas, si alguien lo encuentra algún día, le ruego me lo haga saber. Por únicas señas puedo dar que tiene sus hojas en blanco, que es de encuadernación muy antigua y que está forrado con papel de una revista que había por casa. Si se acerca bajo la estatua de Bécquer, comprobará que sus páginas se llenan de letras, si no es así, es por que el libro es falso o ... por que vd. no es el elegido o elegida para seguir la tradición de LA LEYENDA INEDITA.

      
      
            @ by Santiago Navas Fernández

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