jueves, 17 de octubre de 2019

LIUVA, UN PERROFLAUTA EN COMPOS - TELA (…marinera)


Liuva I (Museo del Prado. Madrid)



Cuenta la Historia que Liuva I, rey godo de la Septimania, se enfrentó a los francos que pretendían sus fronteras, antes de entregarle el Reino a su hermano Leovigildo. Cuentan que incluso llegó hasta Zaragoza para aplacar el reino, e incluso hay quien apunta que desde allí se desplazó por toda la cornisa del norte hasta alcanzar el Reino Suevo de Gallaecia, hoyando con sus botas incluso Iria Flavia.

Sin embargo, nuestro agente secreto Anacleto, de la Academia de la Historia Jamás Demostrada, considera que no fue el rey Liuva I quién llegó, si no su hijo, pero de otra forma: dando lugar a la leyenda del caballo blanco de Santiago. La cosa más o menos se planteó así una noche en el castillo donde moraban, en mitad de la cena:

– Papá godo ¡yo no quiero ser Rey godo!

– Pero qué dices, hijo godo mío. No seas vándalo y acepta tu godo destino.

– Que no papá godo, que yo no quiero ser ostrogodo más conquistando territorios y peleándome todo el tiempo. Yo tengo amigos universales y quiero ser artista.

– ¿Cazador?

– No, cantante.

– ¿Y para esto me meto yo en peleas con los francos? ¡Anda y que os den a todos los godos! ¿Pues sabes lo que te digo, hijo godo? Que le regalo el reino godo a tu tío godo Leovigildo y yo me vuelvo para la Septimania goda y me hago monje arriano.



Y así fue como ocurrió. Liuva hijo, se hizo unas rastas en el pelo y se embutió en unas pieles de oso y lobo. Luego se reunió con sus dos mejores colegas, Iacobus, hispano romano natural de Tarraco, hijo de romano imperial que se había quedado a vivir allí tras la invasión goda y Atanagildo, visigodo, no se sabía muy bien de qué tribu pues su padre ya era errante antes que él y solía agarrarse unas tajadas que ya no sabía si era ostrogodo, vándalo, godo, visigodo, suevo, alano o almohade, bueno, eso no, pero vamos, que ni se enteraba si era de día o de noche.

Así que los tres pillaron las guitarras, las mochilas y un blablá–asno en un carro tirado por dos bueyes que iba a por quesos a la Gallaecia, para el rey franco, que era muy aficionado a tal manjar. El viaje iba a ser lento, pero el precio era asequible y como aún no se había inventado el Camino de Santiago, pues tenían que aprovechar lo poco que rodaba por la calzada romana, única vía fiable.

– Escolta túúúú –soltó el trarraconiense con su típico acento– hay que ver qué buen negocio se podía hacer aquí, si us plau, montando posadas y avituallamientos varios.

– Pero ¡qué poco hispano y que mucho tarraconensis eres, romano!

Iacobus comenzó a calcular mentalmente (en números romanos, que era lo suyo): “si ponemos cada CD metros una posada y vendemos vino a V sextercios, teniendo en cuenta que con un buen reclamo pasarían del orden de XXVI personas por minuto, ganaríamos una pasta gansa.”

Pero al llegar a la Gallaecia se encontraron con un problema, los Suevos estaban muy subiditos y ni se reconocían godos, en ninguna de sus variantes, ni descendientes de hispano romanos “¿e por que debemos ser?” respondieron con su característico acento. Así que nadie les quiso dar hospedaje si no era pagando y ellos ¡oh, amantes de la paz mundial y del compartirlo todo! de lo que carecían era de dinero. Pero les sobraba hambre, frío y sed ¡insensata juventud!.

– ¿Ni un cuenquillo de ribeiro, mire usted?

– ¿E por que te debo dar?

– ¿Y unos pimientos de aquí, de Padrón?

– Pois non, que algún morden e outros non, e entón dirás que fun eu. ¡Non! E vaise agora.

Así que nuestros tres intrépidos perro flautas, se fueron a un bosque cercano, llamado Libredón, donde Iacobus decía que le sonaba que se fue a vivir un tío lejano venido de Roma en no sabía qué campaña, pero que se quedó a cuidar gallinas junto a una hispana gallaica de la que se enamoró. El caso es que del poblado no quedaban ni las cenizas, pero sí un cementerio de los de entonces, todo de piedra, incluidos los sarcófagos y dado los supersticiosos que eran los suevos para estas cosas, decidieron acampar allí porque así estarían más tranquilos.

De hecho, nadie pasaba ni cerca siquiera, se llamaba el Campus Estela y se contaban verdaderos horrores sobre lo que allí ocurría. Y así fue como montaron hoguera y música mientras la maldición del lugar hizo avanzar la noche en 300 años nada menos. Desparecieron los suevos, apareció el reino hispano-astur, Alfonso II el Casto y un triste y famélico ermitaño llamado Peio, que esa noche alucinó con el ruido de los cánticos de los tres y las chispas de los porros sobre la oscuridad habitual. El pobre hombre pensó que su soledad le llevaba a ver fantasmas.

De repente Iacobus se subió sobre una lápida y a pleno pulmón, henchido por el goce de la farlopa y el vino, vino a decir en su etílica elucubración, que su tío se llamaba Iago para los cristianos, como sus amigos Atanasio y Teodoro aquí presentes. Que murió al chocar su barca contra los acantilados de Iria y que sus discípulos enterraron bajo aquella misma losa su sagrado cuerpo. Y, por si fuera poco, reivindicó su anuncio como proclama universal. Lo cual escuchó Peio alucinando.

invitaron a la inauguración a reyes y nobles junto con religiosos varios y notables.

– Como él hizo, montaremos el caballo blanco de Iago para volar por el cielo infinito –añadió haciendo algo que Peio no supo decir qué era.

El eremita no se detuvo un instante y acudió a su señor, el obispo Teodomiro, a la sazón dueño de aquél perdido bosque que era un quebradero de cabeza, porque dada la negra leyenda, de nada le servía, ni lo podía vender ni cazadores querían alquilar sus tierras. Así que la historia le vino como botijo a sediento, por fin iba a sacarle un beneficio a su inútil posesión. Salió corriendo a ver al Rey para contarle “mire vuesa Realeza el beneficio que esto traería, que ese Iago debió ser el santo Santiago, hermano mayor de Nuestro Señor y que si le hacemos honor y una Iglesia, la Cristiandad ha de venir a adorarle, compartiendo con Jerusalén y Roma, la gloria de la peregrinación. Muchos reales se me hacen a mi eso, por no hablar de la fuerza que impulsaría a la sagrada cruzada de la Reconquista, incluida la siempre rebelde Lusitania, más habiendo citado al caballo blanco que lo acompañaba en las batallas contra los moros”.

Costó un poquillo más convencer al Papa, pero a fuerza de razones y promesas de que a la Iglesia no le iba a costar ni una onza, lo admitió. Para no pillarse los dedos, decidieron aprovechar iglesias, ermitas y ruinas que ya había sobre el terreno del Campus Estela, para añadir que una estrella como la del Belén de Navidad, había señalado el sitio. Cogieron los huesos del tío de Iacobus, el tal Iago, soldado romano de las huestes de Pilatos que se vino de Judea a Gallaecia, y lo metieron en una urna, luego en un sarcófago labrado en piedra y después en una cripta al uso. Invitaron a la inauguración a reyes y nobles junto con religiosos varios y notables. Y hale, a esperar la llegada de peregrinos con sus generosas bolsas de sextercios, dracmas y otras monedas de oro y plata.

Iacobus vio venir el negocio, así que montó la “Posada Latina. Se habla latín, godo, hispano y gaellico–astur”. Atanagildo fundó una empresa de turismo exprés y en recuerdo de un abuelo la llamó “Viajes Turismundo”. Pero Liuva se negó alienarse con lo que él llamaba el progreso sin control y la corrupción ideológica, así que se quedó a vivir en uno de los arcos laterales de la Iglesia (años después Catedral), donde se dedicaba a ofrecer su arte musical a cambio de unas monedas, siempre acompañado de sus dos perros, dos guitarras, una flauta y una rubia de ojos verdes de origen germánico, no goda, llamada Angels Merkel. Ni un triste recuerdo al precursor del botafumeiro.

Y colorín colorado, desde entonces se puede decir que “un perro flauta llamado Liuva, es adorado en Compostela”, según nuestro agente secreto Anacleto, claro.


 @ by Santiago Navas Fernández


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